viernes, 29 de mayo de 2026

PUEDO EXTRAÑAR ALGO SIN QUERER QUE VUELVA

 Él siempre sospechaba, yo vivo sobre explicando todo. Él miraba el mundo como si todos tuvieran una carta escondida bajo la manga; yo abro las manos y muestro las palmas vacías, doy mil y una explicaciones que nadie me pide, intentando  mostrar una honestidad de la que nadie sospecha, a estas alturas. Él sabía construir realidades con el aire, inventar historias que se sostenían solas hasta que se caían de golpe; yo me enredo en los detalles de la verdad, como si la verdad misma necesitara testigos o un abogado defensor. Él siempre quería ganar; yo no soporto competir, pero no podía irme del juego.

Él no creía en la palabra de nadie porque el mentiroso cree que todos mienten como él. Yo me desespero porque me crean; él no le temía a nada, salvo a que lo descubrieran. Yo vivo con miedo a una tragedia que por suerte nunca ocurre. Él vivió desconfiando de mí, de mis horarios, de mis silencios, proyectando sus propias trampas en un espejo que impuso como mío. Yo, para diferenciarme de su sombra, aprendí a hablar de más, a justificar cada paso, a pedir permiso para disfrutar de lo que me gusta. Él manipulaba para conseguir lo que quería; yo pido disculpas hasta para tomar lo que me pertenece.

A él le gustaban el casino, el azar, el vértigo de la apuesta y el ruido de las fichas sobre el paño verde. A mí me gustan el silencio de la mañana, el mate amargo, el yogur griego con castañas y la certeza de saber exactamente dónde tengo los pies, aunque a veces resbale. Él se movía cómodo en el aire del engaño, liviano como quien no tiene nada que perder porque ya lo había hipotecado todo. Yo me quedo atrapada en el suelo, pesada de culpas ajenas, de horas de fila para sacar el carnet de buena persona y que nadie se tome el trabajo de mirarlo siquiera.

Él manejaba el dinero como si fuera humo. lo hacía desaparecer en un juego de manos, vivía en el apuro del billete fácil que se le escurría entre los dedos y lo dejaba siempre al borde del abismo. Yo, en cambio, cuento los centavos para pagar los impuestos y algún que otro gusto que me doy cada tanto; me enfermo de pensar en quedarme sin obra social y arrastro el cuerpo al trabajo solo para asegurar el sueldo. Él despreciaba la estabilidad porque le aburría; a mí la estabilidad me da el aire que él me quitaba, aunque a veces me cueste la vida sostenerla.

Él esquivaba a la autoridad con una sonrisa falsa, una palmadita en la espalda y una coartada perfecta que improvisaba en el acto. Sabía cómo encantar a los que mandaban para salirse con la suya. Yo le tengo pánico a la autoridad constituida, al maltrato de las instituciones, al ojo juzgador del sistema; acepto ir con fiebre hasta la otra punta de la ciudad solo para tramitar un sello de inocencia, para que un desconocido mire mi cuerpo roto, certifique mi dolor y decida si me cree o no. Él nunca se sintió en falta porque su única ley era su propio deseo; yo me siento en falta incluso cuando hago las cosas bien.

Él miraba las historias de los demás para buscar la falla, la grieta por donde meter la duda. Yo miro las pantallas buscando un refugio, una distracción que me apague la cabeza a las tres de la mañana. Él nunca pidió perdón porque, en su lógica, el error era de los otros que se dejaban engañar. Yo intento convencer al otro, incluso cuando tengo razón, como si el disfrute o el acierto fueran una aduana donde tengo que pagar peaje para no ser juzgada.

Él ya no está, se llevó su laberinto de secretos a otra parte, y sin embargo su mirada desconfiada me quedó grabada como un eco. Hoy me pregunto si se puede extrañar algo sin querer que vuelva. Me pregunto si este desapego extraño que siento, estas ganas de huir lejos, no son más que el deseo profundo de caminar por una ciudad donde nadie me exija demostrar quién soy. Él eligió la mentira para ser libre, o lo que él consideraba ser libre; yo elijo mirarme al espejo con la mayor honestidad de la que soy capaz, con amor, con mis defectos y mis virtudes, y validarme por fin sin pedirle permiso a su fantasma.


lunes, 25 de mayo de 2026

Otra vida

 

Me habías traído un licor de dulce de leche Cusenier. Se ve que en algún momento comenté que me gustaba y me pareció lindo el detalle de que te acordaras de eso. Mi pareja nos sacó la foto con el licor en alto. No me gusta el alcohol, pero no te lo dije, para no arruinarte la ilusión con la que me lo diste.

Yo todavía me veía demacrada; el desequilibrio había dejado su marca en mi cara. Todavía caminaba con miedo de caerme. Semanas atrás, estaba trabajando con la computadora y abrí un video donde mostraban una represión salvaje en Chile. La policía pegaba a mansalva. Viejos, mujeres y niños lloraban. Pero ellos no solo no se conmovían, hasta parecían disfrutar. De repente, me mareé. Apoyé la cabeza en el escritorio. Quería sacarme la sensación del cuerpo. Pensé que era la impresión, pero no. Levanté la cabeza y el mareo seguía ahí. El techo empezó a girar como una calesita desbocada y el piso pareció borrarse debajo de mis pies. Tuve que llamar a mi pareja para que me socorriera mientras intentaba aferrarme a los bordes de la madera.

Estuve internada unos días, no me acuerdo cuántos. Recuerdo las luces blancas del techo y el goteo lento del suero. Un virus me había atacado un nervio del oído. Yo me lo imaginé en el oído, pero después caí en que era un nervio en la cabeza, algo que me hacía tambalear y caerme mientras todo giraba a mi alrededor.

—No vas a quedar al 100%, pero el cuerpo compensa —me dijo el médico.

Es verdad, el cuerpo compensa. Hoy, que ya ni puedo recordar cómo me sentí en ese momento, que todo eso quedó atrás como un trámite engorroso y desagradable, que no tengo secuelas (creo, porque a veces tengo miedo de que me vuelva a pasar). Hoy puedo maravillarme de esta maravilla maravillosa que somos, aunque a veces la humanidad todavía me deprima.

Las dos teníamos el pelo largo en ese momento. Mis rulos disimulan un poco la cara de muerta que tenía. Estamos sonrientes, pero lo veo forzado. Creo que ya intuíamos que lo que se venía no iba a ser fácil. Estábamos a mitad de 2019. Creo que nuestras caras, en el fondo, mostraban cierta premonición.

Y yo, que en ese momento pensaba que esa era una foto de victoria, que había sobrevivido a algo muy horrible y que nada peor podía pasarme, no tenía idea de que esa imagen era una de las últimas antes de que mi mundo se cayera por completo. No sabía que la botella de licor terminaría olvidada en una heladera sin freezer, en una casa que ya no era la casa familiar. Una casa de paredes extrañas y habitaciones pequeñas, donde ya no éramos cuatro sino yo sola con los chicos algunos días a la semana, aprendiendo a habitar el silencio de las noches vacías.

—¿Todavía tenés esa botella de licor? —me dijo mi hijo mayor un día, mientras veía que podía saquear de una heladera vacía.

—Sí, yo no tomo alcohol— le contesté.

Finalmente la tiré a la basura. Escuché el golpe del vidrio contra el fondo del tacho y sentí, por primera vez en años, que algo adentro mío terminaba de acomodarse. Un sonido seco que cerraba una etapa para siempre.

Te llamé por teléfono y te invité a mi casa a tomar unos mates. Trajiste una pasta frola hecha por vos. De membrillo y dulce de leche, que no duró ni dos días. No nos sacamos foto.

 

domingo, 24 de mayo de 2026

Otra vida

 Me habías traído un licor de dulce de leche Cusenier. Se ve que en algún momento comenté que me gustaba y me pareció lindo el detalle de que te acordaras de eso. Mi pareja nos sacó la foto con el licor en alto. No me gusta el alcohol, pero no te lo dije para no arruinarte la ilusión con la que me lo diste.

Me veía demacrada; el desequilibrio había dejado su marca en mi cara. Todavía caminaba con miedo de caerme. Semanas atrás, estaba trabajando con la computadora y abrí un video donde mostraban una represión salvaje en Chile. La policía pegaba a mansalva. Viejos, mujeres y niños lloraban. Pero ellos no solo no se conmovían, hasta parecían disfrutar. De repente, me mareé. Apoyé la cabeza en el escritorio. Quería sacarme la sensación del cuerpo. Pensé que era la impresión, pero no. Levanté la cabeza y el mareo seguía ahí. El techo empezó a girar como una calesita desbocada y el piso pareció borrarse debajo de mis pies. Tuve que llamar a mi pareja para que me socorriera mientras intentaba aferrarme a los bordes de la madera.
Estuve internada unos días, no me acuerdo cuántos. Recuerdo las luces blancas del techo y el goteo lento del suero. Un virus me había atacado un nervio del oído. Yo me lo imaginé en el oído, pero después caí en que era un nervio en la cabeza, algo que me hacía tambalear y caerme mientras todo giraba a mi alrededor.
—No vas a quedar al 100%, pero el cuerpo compensa —me dijo el médico.
Es verdad, el cuerpo compensa. Hoy, que ya ni puedo recordar cómo me sentí en ese instante, que todo eso quedó atrás como un trámite engorroso y desagradable, que no tengo secuelas (creo, porque un dejo de amenaza, un atisbo de mareo asoma por momentos); hoy puedo maravillarme de este mecanismo perfecto que somos, aunque a veces la humanidad todavía me deprima.
Las dos teníamos el pelo largo por aquellos días. Mis rulos disimulan un poco la cara de muerta, el rastro del virus. Sonreíamos, pero lo veo forzado. Creo que ya intuíamos que lo que se venía no iba a ser fácil. Estábamos a mitad de 2019. En la imagen se nos ve muy contentas; habíamos ganado las elecciones, nosotras no, pero éramos oficialmente oficialistas y eso nos hacía bien. Pensábamos que lo peor ya había pasado. Nuestras caras, en el fondo, mostraban cierta premonición.
Y yo, que en ese momento pensaba que esa era una foto de victoria, que había sobrevivido a algo muy horrible y que nada peor podía pasarme, no tenía idea de que esa imagen era una de las últimas antes de que mi mundo se cayera por completo. No sabía que la botella de licor terminaría olvidada en una heladera sin freezer, en una casa que ya no era la casa familiar. Una casa de paredes extrañas y habitaciones pequeñas, donde ya no éramos cuatro sino yo sola con los chicos algunos días a la semana, aprendiendo a habitar el silencio de las noches vacías.
—¿Todavía tenés esa botella de licor? —me dijo mi hijo mayor un día, mientras veía qué podía saquear de una heladera vacía.
—Sí, yo no tomo alcohol— le contesté.
Finalmente la tiré a la basura. Escuché el golpe del vidrio contra el fondo del tacho y sentí, por primera vez en años, que algo adentro mío terminaba de acomodarse. Un sonido seco que cerraba una etapa para siempre.
Te llamé por teléfono y te invité a mi casa a tomar unos mates. Trajiste una pasta frola hecha por vos. De membrillo y dulce de leche, que no duró ni dos días. No nos sacamos foto.

martes, 12 de mayo de 2026

Buena sangre

 El veneno se va de mi sistema

Tu garfio emponzoñado rasguña el aire a lo lejos

No puede alcanzarme

   tu simulacro oscuro

                  de caricia 


Mi sangre brota alborozada

con energía plena que nadie drena ya

Corre roja por mis venas

Sana

Sin saña

Libre


Embriagada de un silencio sereno

escucho

mis latidos


domingo, 26 de abril de 2026

Currículum Vital

 Tengo el nombre que eligieron mis padres

nombre de olas y espuma

de puertos de pesca y alegría

Llevo en el apellido la fuerza del bosque

y en la raíz, el valor de mis ancestras


Aspiro a la levedad del goce del instante

a desanudar ronroneos mentales con masajes

ungüentos aromáticos

y mates bajo un cielo de sol

A dejar de descifrar laberintos

para simplemente caminar entre mis parques frondosos

y nadar en mareas apacibles


Vivo donde la vida y yo quisimos

Donde la necedad no habita

porque le cerré la puerta

en la cara


Soy de movilidad geográfica flexible

anclada apenas y a veces

por los afectos


Mis títulos son una espesura 

días y noches de estudio que no alcanzan

para todo lo que quiero

y quiero mucho


Tengo más experiencia 

de la que hubiera deseado

aunque por momentos 

la ingenuidad gana 

y vuelvo a perder


Mi disponibilidad depende de la propuesta

A definir


Mis referencias son visibles

en cada acto de ternura que recibo

y que doy


Vienen escritas

en lo que todavía me queda 

por vivir


sábado, 7 de marzo de 2026

Difícil respirar profundo en un campo minado

 

Tengo los dientes rotos

de tanto apretarlos

cuando duermo

El cuerpo alerta

y un cansancio

que va

más allá

de lo humanamente posible

que absorbe

la poca

energía

necesaria

para pisar 

el suelo frío

y salir

de una buena vez

de la cama

 

Respiro

como recetan los gurúes

del bienestar a toda costa

Que el aire es vida

¿No te das cuenta?

¿No lo ves?

 

Si no aprendo a respirar

como se debe

es mi culpa

soy falladita y por lo tanto merezco

permanecer

acostada e insomne

en este mundo cada vez más gris

de explosión

y de muerte.

domingo, 8 de febrero de 2026

Domingo de siesta y mariposas

 

Una paz de violetas perfumadas

Un vestido naranja envuelve ideas que bailan

a mi alrededor

Un espacio para pensar

quién quiero ser

Un sol espía por la ventana

Un maullido se oye en la distancia

¿O es el llanto de un bebé?

Un domingo

de siesta y mariposas