Nada como el ruido a libertad
que hacen las máscaras
al caer
Nada como poner el celular en modo avión
para poder
volar
Nada como el ruido a libertad
que hacen las máscaras
al caer
Nada como poner el celular en modo avión
para poder
volar
Tentación de alfajores
de a kilos
traés
siempre que venís
a verme
aunque te pida
que no lo hagas
Amo tu sonrisa
siento que quiere endulzarme
como los alfajores
Esa sonrisa con la que sostenés
mi mirada embriagada de amor
mi paladar húmedo disfrutando de antemano el manjar
trueca
de la nada
en una mueca
que escupe la palabra:
gorda
Esos ojos brillantes tuyos
disfrutan hundirme
en esa marea
chocolatosa
que me sabés incapaz
de rechazar
Y te reís
mientras me ahogo
Quiero que
el aburrimiento
se evapore
con el aire suburbano
de los
caños de escape
Quiero la melancolía
silenciosa del cementerio
Melodía que
relaja
más que la
música relajante
que me
altera
Quiero que
los muertos se levanten
y bailen
alrededor de los semáforos
en las
calles de una ciudad perdida
sobre un
tumulto de autos
abandonados
Autopartes
laberínticas
desmanteladas
Desmembramiento
de los sentidos
La vista se
desvincula del olfato
en una
confusión sonora
de cuerpos somnolientos
en el
silencio ahumado
de la tarde
Él siempre sospechaba, yo vivo sobre explicando todo. Él miraba el mundo como si todos tuvieran una carta escondida bajo la manga; yo abro las manos y muestro las palmas vacías, doy mil y una explicaciones que nadie me pide, intentando mostrar una honestidad de la que nadie sospecha, a estas alturas. Él sabía construir realidades con el aire, inventar historias que se sostenían solas hasta que se caían de golpe; yo me enredo en los detalles de la verdad, como si la verdad misma necesitara testigos o un abogado defensor. Él siempre quería ganar; yo no soporto competir, pero no podía irme del juego.
Él no creía en la palabra de nadie porque el mentiroso cree que todos mienten como él. Yo me desespero porque me crean; él no le temía a nada, salvo a que lo descubrieran. Yo vivo con miedo a una tragedia que por suerte nunca ocurre. Él vivió desconfiando de mí, de mis horarios, de mis silencios, proyectando sus propias trampas en un espejo que impuso como mío. Yo, para diferenciarme de su sombra, aprendí a hablar de más, a justificar cada paso, a pedir permiso para disfrutar de lo que me gusta. Él manipulaba para conseguir lo que quería; yo pido disculpas hasta para tomar lo que me pertenece.
A él le gustaban el casino, el azar, el vértigo de la apuesta y el ruido de las fichas sobre el paño verde. A mí me gustan el silencio de la mañana, el mate amargo, el yogur griego con castañas y la certeza de saber exactamente dónde tengo los pies, aunque a veces resbale. Él se movía cómodo en el aire del engaño, liviano como quien no tiene nada que perder porque ya lo había hipotecado todo. Yo me quedo atrapada en el suelo, pesada de culpas ajenas, de horas de fila para sacar el carnet de buena persona y que nadie se tome el trabajo de mirarlo siquiera.
Él manejaba el dinero como si fuera humo. lo hacía desaparecer en un juego de manos, vivía en el apuro del billete fácil que se le escurría entre los dedos y lo dejaba siempre al borde del abismo. Yo, en cambio, cuento los centavos para pagar los impuestos y algún que otro gusto que me doy cada tanto; me enfermo de pensar en quedarme sin obra social y arrastro el cuerpo al trabajo solo para asegurar el sueldo. Él despreciaba la estabilidad porque le aburría; a mí la estabilidad me da el aire que él me quitaba, aunque a veces me cueste la vida sostenerla.
Él esquivaba a la autoridad con una sonrisa falsa, una palmadita en la espalda y una coartada perfecta que improvisaba en el acto. Sabía cómo encantar a los que mandaban para salirse con la suya. Yo le tengo pánico a la autoridad constituida, al maltrato de las instituciones, al ojo juzgador del sistema; acepto ir con fiebre hasta la otra punta de la ciudad solo para tramitar un sello de inocencia, para que un desconocido mire mi cuerpo roto, certifique mi dolor y decida si me cree o no. Él nunca se sintió en falta porque su única ley era su propio deseo; yo me siento en falta incluso cuando hago las cosas bien.
Él miraba las historias de los demás para buscar la falla, la grieta por donde meter la duda. Yo miro las pantallas buscando un refugio, una distracción que me apague la cabeza a las tres de la mañana. Él nunca pidió perdón porque, en su lógica, el error era de los otros que se dejaban engañar. Yo intento convencer al otro, incluso cuando tengo razón, como si el disfrute o el acierto fueran una aduana donde tengo que pagar peaje para no ser juzgada.
Él ya no está, se llevó su laberinto de secretos a otra parte, y sin embargo su mirada desconfiada me quedó grabada como un eco. Hoy me pregunto si se puede extrañar algo sin querer que vuelva. Me pregunto si este desapego extraño que siento, estas ganas de huir lejos, no son más que el deseo profundo de caminar por una ciudad donde nadie me exija demostrar quién soy. Él eligió la mentira para ser libre, o lo que él consideraba ser libre; yo elijo mirarme al espejo con la mayor honestidad de la que soy capaz, con amor, con mis defectos y mis virtudes, y validarme por fin sin pedirle permiso a su fantasma.
Me habías traído un licor de dulce de leche Cusenier. Se ve que en algún
momento comenté que me gustaba y me pareció lindo el detalle de que te
acordaras de eso. Mi pareja nos sacó la foto con el licor en alto. No me gusta
el alcohol, pero no te lo dije, para no arruinarte la ilusión con la que me lo
diste.
Yo todavía me veía demacrada; el desequilibrio había dejado su marca en mi
cara. Todavía caminaba con miedo de caerme. Semanas atrás, estaba trabajando
con la computadora y abrí un video donde mostraban una represión salvaje en
Chile. La policía pegaba a mansalva. Viejos, mujeres y niños lloraban. Pero
ellos no solo no se conmovían, hasta parecían disfrutar. De repente, me mareé.
Apoyé la cabeza en el escritorio. Quería sacarme la sensación del cuerpo. Pensé
que era la impresión, pero no. Levanté la cabeza y el mareo seguía ahí. El
techo empezó a girar como una calesita desbocada y el piso pareció borrarse
debajo de mis pies. Tuve que llamar a mi pareja para que me socorriera mientras
intentaba aferrarme a los bordes de la madera.
Estuve internada unos días, no me acuerdo cuántos. Recuerdo las luces
blancas del techo y el goteo lento del suero. Un virus me había atacado un
nervio del oído. Yo me lo imaginé en el oído, pero después caí en que era un
nervio en la cabeza, algo que me hacía tambalear y caerme mientras todo giraba
a mi alrededor.
—No vas a quedar al 100%, pero el cuerpo compensa —me dijo el médico.
Es verdad, el cuerpo compensa. Hoy, que ya ni puedo recordar cómo me sentí
en ese momento, que todo eso quedó atrás como un trámite engorroso y
desagradable, que no tengo secuelas (creo, porque a veces tengo miedo de que me
vuelva a pasar). Hoy puedo maravillarme de esta maravilla maravillosa que
somos, aunque a veces la humanidad todavía me deprima.
Las dos teníamos el pelo largo en ese momento. Mis rulos disimulan un poco
la cara de muerta que tenía. Estamos sonrientes, pero lo veo forzado. Creo que
ya intuíamos que lo que se venía no iba a ser fácil. Estábamos a mitad de 2019.
Creo que nuestras caras, en el fondo, mostraban cierta premonición.
Y yo, que en ese momento pensaba que esa era una foto de victoria, que había
sobrevivido a algo muy horrible y que nada peor podía pasarme, no tenía idea de
que esa imagen era una de las últimas antes de que mi mundo se cayera por
completo. No sabía que la botella de licor terminaría olvidada en una heladera
sin freezer, en una casa que ya no era la casa familiar. Una casa de paredes
extrañas y habitaciones pequeñas, donde ya no éramos cuatro sino yo sola con
los chicos algunos días a la semana, aprendiendo a habitar el silencio de las
noches vacías.
—¿Todavía tenés esa botella de licor? —me dijo mi hijo mayor un día,
mientras veía que podía saquear de una heladera vacía.
—Sí, yo no tomo alcohol— le contesté.
Finalmente la tiré a la basura. Escuché el golpe del vidrio contra el fondo
del tacho y sentí, por primera vez en años, que algo adentro mío terminaba de
acomodarse. Un sonido seco que cerraba una etapa para siempre.
Te llamé por teléfono y te invité a mi casa a tomar unos mates. Trajiste una
pasta frola hecha por vos. De membrillo y dulce de leche, que no duró ni dos
días. No nos sacamos foto.
Me habías traído un licor de dulce de leche Cusenier. Se ve que en algún momento comenté que me gustaba y me pareció lindo el detalle de que te acordaras de eso. Mi pareja nos sacó la foto con el licor en alto. No me gusta el alcohol, pero no te lo dije para no arruinarte la ilusión con la que me lo diste.
El veneno se va de mi sistema
Tu garfio emponzoñado rasguña el aire a lo lejos
No puede alcanzarme
tu simulacro oscuro
de caricia
Mi sangre brota alborozada
con energía plena que nadie drena ya
Corre roja por mis venas
Sana
Sin saña
Libre
Embriagada de un silencio sereno
escucho
mis latidos