Me habías traído un licor de dulce de leche Cusenier. Se ve que en algún momento comenté que me gustaba y me pareció lindo el detalle de que te acordaras de eso. Mi pareja nos sacó la foto con el licor en alto. No me gusta el alcohol, pero no te lo dije para no arruinarte la ilusión con la que me lo diste.
Me veía demacrada; el desequilibrio había dejado su marca en mi cara. Todavía caminaba con miedo de caerme. Semanas atrás, estaba trabajando con la computadora y abrí un video donde mostraban una represión salvaje en Chile. La policía pegaba a mansalva. Viejos, mujeres y niños lloraban. Pero ellos no solo no se conmovían, hasta parecían disfrutar. De repente, me mareé. Apoyé la cabeza en el escritorio. Quería sacarme la sensación del cuerpo. Pensé que era la impresión, pero no. Levanté la cabeza y el mareo seguía ahí. El techo empezó a girar como una calesita desbocada y el piso pareció borrarse debajo de mis pies. Tuve que llamar a mi pareja para que me socorriera mientras intentaba aferrarme a los bordes de la madera.
Estuve internada unos días, no me acuerdo cuántos. Recuerdo las luces blancas del techo y el goteo lento del suero. Un virus me había atacado un nervio del oído. Yo me lo imaginé en el oído, pero después caí en que era un nervio en la cabeza, algo que me hacía tambalear y caerme mientras todo giraba a mi alrededor.
—No vas a quedar al 100%, pero el cuerpo compensa —me dijo el médico.
Es verdad, el cuerpo compensa. Hoy, que ya ni puedo recordar cómo me sentí en ese instante, que todo eso quedó atrás como un trámite engorroso y desagradable, que no tengo secuelas (creo, porque un dejo de amenaza, un atisbo de mareo asoma por momentos); hoy puedo maravillarme de este mecanismo perfecto que somos, aunque a veces la humanidad todavía me deprima.
Las dos teníamos el pelo largo por aquellos días. Mis rulos disimulan un poco la cara de muerta, el rastro del virus. Sonreíamos, pero lo veo forzado. Creo que ya intuíamos que lo que se venía no iba a ser fácil. Estábamos a mitad de 2019. En la imagen se nos ve muy contentas; habíamos ganado las elecciones, nosotras no, pero éramos oficialmente oficialistas y eso nos hacía bien. Pensábamos que lo peor ya había pasado. Nuestras caras, en el fondo, mostraban cierta premonición.
Y yo, que en ese momento pensaba que esa era una foto de victoria, que había sobrevivido a algo muy horrible y que nada peor podía pasarme, no tenía idea de que esa imagen era una de las últimas antes de que mi mundo se cayera por completo. No sabía que la botella de licor terminaría olvidada en una heladera sin freezer, en una casa que ya no era la casa familiar. Una casa de paredes extrañas y habitaciones pequeñas, donde ya no éramos cuatro sino yo sola con los chicos algunos días a la semana, aprendiendo a habitar el silencio de las noches vacías.
—¿Todavía tenés esa botella de licor? —me dijo mi hijo mayor un día, mientras veía qué podía saquear de una heladera vacía.
—Sí, yo no tomo alcohol— le contesté.
Finalmente la tiré a la basura. Escuché el golpe del vidrio contra el fondo del tacho y sentí, por primera vez en años, que algo adentro mío terminaba de acomodarse. Un sonido seco que cerraba una etapa para siempre.
Te llamé por teléfono y te invité a mi casa a tomar unos mates. Trajiste una pasta frola hecha por vos. De membrillo y dulce de leche, que no duró ni dos días. No nos sacamos foto.
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