Atravesar
espinas y
cardos venenosos
Agarrarse
fuerte de las piedras
Trepar
hasta que
el camino
se
convierte en pradera
Inhalar el aire puro
la calma de
haber dejado atrás la ponzoña
Disfrutar
al fin
la montaña
y el viento
Atravesar
espinas y
cardos venenosos
Agarrarse
fuerte de las piedras
Trepar
hasta que
el camino
se
convierte en pradera
Inhalar el aire puro
la calma de
haber dejado atrás la ponzoña
Disfrutar
al fin
la montaña
y el viento
Llamaradas
dispersas amenazan
el aire a
mi alrededor
Intento
apagarlas
pero solo
cuento
con tapitas
de botellas
El humo
sofoca toda lucha
Las
quemaduras
al
principio son solo molestia
que se
profundiza cuando cae la tarde
A la noche
no soporto las sábanas
Te veo
venir al fin con un balde
de nafta
que arrojás
sobre los
escombros sobrevivientes
Te veo
prender un fósforo
Gritás que
estás cansado
Yo estoy
en carne
viva
El ruido que
hace el resaltador sobre el texto que estoy estudiando le llama la atención a
mi gato. De un salto que me sorprende se sube a la mesa. Estruja su hocico frío
contra mi mano derecha, como si quisiera saber qué estoy subrayando. Yo subrayo
todo. La primera lectura subrayo con lápiz; la segunda, con resaltador
amarillo; y esta, la tercera, con verde. Resaltadores fosforescentes. La cuarta
lectura es imposible después de todo ese pastiche.
Ahora el gato
enloqueció. Corre como un endemoniado por toda la casa. Se afila las uñas en
las sillas. Corre otra vez. Se afila las uñas en el sillón blanco, adquirido hace
poco y ya arruinado por los estados de humor erráticos del felino.
Pienso que debo
dejar de estudiar y calmar al gato. Pienso que no debo usar al gato como excusa
para dejar de estudiar.
Pienso que de
repente se hizo silencio, salvo por la chicharra del ascensor que suena, como
siempre, para que nadie deje la puerta abierta. El tema es que apenas abrís ya
empieza a sonar. Yo ya la tengo incorporada, la gente que sube por primera vez
se sorprende de lo pronto que suena. Todos los vecinos se quejan, pero la
alarma es parte del folclore del edificio, igual que las quejas.
El gato ya no
corre. Está acostado en el sillón mientras me observa, con una tranquilidad
pasmosa. Ni rastros quedan del demonio de Tasmania que tiraba adornos de mi
biblioteca hace apenas segundos.
Agarro el
resaltador verde y sigo leyendo.
Rejunte de
locos
rotos
perdidos
Mi cabeza
no quiere
estar ahí
Fantasmas
hambrientos
Perros con
máscara de lobos
y colmillos
chorreando saliva
Gargantas
gélidas
provocan
fuegos que
arrasan bien adentro
Corro
Esquivo
todas estas flechas
paralelas que
apuntan
a mí
y caen
inertes
en el pasto
negro
de la noche
Me ahogo
me hundo
me
sofoco
Paniqueo
de ataques
Me ataqueo de pánico en la sordera lacerante que
insiste
en no registrarme
en mantener un contacto que ya no quiero
Es desesperante
es violento
no
es inocente
Lo que mi
intuición sabía
me cayó
como una estalactita
sobre el
pecho
Se reveló quemante
con gusto a
rancio
como
churrasco reseco
Mi corazón
en pausa
no se
decide a fluir
con la
sangre
Espera
desesperada
Futuro
incierto
Verdad en
carne viva
Verdad al
fin
Siempre
mejor
que la
incertidumbre