viernes, 19 de junio de 2020

Despertares


me siento bien
me muevo en cámara lenta
mi energía viscosa
un slime en manos de un niño
por no decir miki moko
me siento en paz
increíblemente tranquila
estado catatónico de bienestar
no quiero empezar el día

domingo, 14 de junio de 2020

Perdedora


Soy una perdedora. De objetos. Profesional. Anoche, la pérdida de mis anteojos me enfrentó otra vez con esta cruel realidad. Tengo esa extraña habilidad. No solo en la calle, sino también dentro de casa. Sobre todo dentro de casa. El celular, que lo tengo sin sonido. El mate, que debería tener alarma, como los autos. Cuadernos, ropa, todo lo imaginable. Hace muchos años, le perdí a mi marido un paraguas italiano. Esa vez lo dejé en un banco del lugar donde estudiaba y alguien pensó que se lo regalé, porque cuando volví a buscarlo ya no estaba. Pregunté en todos lados. Pensé en la posibilidad de no volver a mi casa para no enfrentar a su dueño y tener que contarle lo que había pasado. "Los paraguas están para perderse", fue su amorosa respuesta. Lo amé, sin saber que mientras profería esas palabras de alivio para mí, anotaba traicioneramente el hecho en su libro de reproches, para cuando se diera la ocasión. Entonces, ante cada planteo mío, salía la frase: "y vos me perdiste mi paraguas italiano". Hasta que tanto la frase como las peleas perdieron vigor, con los años. Como nosotros.



¿En qué estaba? Ah, sí, mis anteojos. Tengo otros. La obra social me da gratis un par por año. Como me conozco, me hago uno cada vez que puedo, para prevenir estos eventos. Tengo un arsenal de anteojos de repuesto. Pero me preocupa no encontrar los que perdí. Están en casa. Como todos. No se quieren contagiar covid. Ni conjutivitis, que para ellos sería peor, supongo.

No suelo preocuparme. Sé que las cosas que pierdo aparecen tarde o temprano. Solo tengo que buscar otra cosa que perdí, y voilá, encuentro lo que buscaba la vez anterior. No falla.



Anoche me fui a dormir, pensé que mis anteojos volverían y no lo han hecho. Me siento una madre desalmada: dormí a pata suelta, sin saber por dónde andaban mis anteojos. Pensé que a la mañana los iba a encontrar. Pero no.



Repito mentalmente mi recorrido de anoche. Los turnos para usar la computadora. El "sacá tus cosas de la mesa que vamos a comer". La cena y la vuelta a trabajar. Justo el momento en que noté su ausencia. En alguna parte de todo ese recorrido caótico aprovecharon para tomarse un descanso. Ya me habían avisado varias veces que me estaba abusando de ellos. La patilla que se torció un día, apenas los abrí. El vidrio que cada vez se ensucia más rápido.



Los que tengo ahora están bárbaro. Casi nuevitos, los usé muy poco. Veo mucho mejor que con los otros, incluso. Tengo miedo de encariñarme. Porque en cuanto me encariño con un objeto, aprovecha para perderse.



Mis anteojos deben estar junto con todas las otras cosas que todavía no encuentro, muy cerca mío, conteniendo la respiración y riéndose juntos en voz bajita, para que no los vea y les cante piedra libre.



Queridos anteojos, vuelvan, los perdono (?)

Moda


Hay una moda, señores,

que se ha hecho popular,

la de creer que uno escribe

basado en su realidad.

Saco cosas de mi vida

y otras, las suelo inventar.

Y otras, es "una amiga",

que me las suele contar.

Así que no se preocupen

ni por mi salud mental

ni por ciertos avatares

que los puedan angustiar.

Ni se rasguen los vestidos

tratando de adivinar.

Acá escribimos de todo,

lo que fue y lo que será.

No hay que darle tanta vuelta. 

Para eso este espacio está. 

Disfruten de los relatos

que no hay como disfrutar.

viernes, 12 de junio de 2020

Rulo y sus andanzas

Rulo no podía dejar de observar el movimiento de la pantalla. Otra vez la ventanita, que le avisaba que había un mensaje. Se le aceleró el corazón. Respondió inmediatamente, esperando una respuesta que no llegó. Siempre me hace lo mismo esta mina, pensó. Se preguntó por qué siempre caía en la misma situación. Miró otra vez la ventanita del chat, la última vez que estuvo conectada. Ni siquiera había leído su ingeniosa respuesta. Ella sí parecía recibir de buen grado sus chistes. No como la Tana, que últimamente se enojaba por todo. Tampoco es que él tuviera muy claro qué quería de esa situación que solo aportaría quilombo a su ya complicada vida. Trató de pensar en otra cosa, de olvidar que siempre estaba en el mismo lugar, que se movía en círculos, que todo se repetía. No sabía cómo salir de esa condena, de esa locura en espiral. Todos sus romances terminaban igual. No le gustaba, pero no lo podía evitar. Siempre la misma historia, con distintos personajes, pero las mismas situaciones, casi calcadas. Él ya sabía lo que iba a pasar, y no quería eso, Quería organizar su vida de una vez por todas. Casarse, quizás tener hijos. Formar una familia. No quería seguir acumulando piyamas con motivos ridículos. O cualquier otra pavada que le regalara alguna exnovia en un rapto de pasión. La Tana nunca le había regalado nada, se dio cuenta en ese momento. ¿Sería una señal?
Mejor seguir trabajando. Pero ahí estaba la ventanita. Una ventana que no daba a la libertad del afuera, que de todas maneras le estaba vedada, una ventana que lo atrapaba, que lo condenaba a la atención permanente. ¿Hasta cuándo? No pudo seguir pensando mucho más, la Tana entró a la habitación y lo abrazó, así, de golpe. A Rulo casi le da un infarto.  .