jueves, 12 de noviembre de 2020

No es posible el silencio

 

Un pájaro a lo lejos

Un auto que respira agitado

Por su caño de escape

Una moto que arranca

Un día de trabajo

Otro auto

Una puerta que se cierra

Otra

Se abre

El tic tac del reloj

Constante

Como el tiempo

Como los latidos del corazón

Como la sangre que recorre los cuerpos

No es posible el silencio

Mientras estemos vivos

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

La mañana de Raquel

 

Entre sueños oye un ruido molesto y constante. No lo puede creer. Siente que recién se acaba de quedar dormida, pero se ve que no. Aplasta la alarma del despertador. No lo apaga. En diez minutos va a volver a sonar. Todas las mañanas lo mismo. Así, de a diez minutos, termina levantándome una hora después. El marido putea religiosamente cada diez minutos, y le pregunta por qué mierda no lo pone directamente una hora después. Raquel le responde lo que él ya sabe, que necesita tiempo para hacerse a la idea de que se tiene que levantar. No puede levantarse así, de una

Va al baño. Hace pis, para estar más liviana. Una vez se pesó sin hacer pis, y es como un kilo menos. Se pesa. La balanza marca error. Tiene que comprar pilas. Desde que tiene esa balanza, nunca le cambió las pilas. Se baja. Se vuelve a pesar. Ahora sí. Por ahora, no hace falta comprar pilas, piensa, como todos los miércoles, día de pesarse.

Prende el celular. Chequea los mails desde ahí. Los mensajes de whatsapp.

Ya vestida, pone agua en la pava eléctrica y prepara el mate. Le saca la yerba que dejó de la vez anterior. No lo lava, para horror de su madre. Así, con restos de yerba húmeda, le tira yerba nueva. Con la bombilla adentro, para horror de los que saben preparar bien el mate. Se da cuenta de que puso el agua, pero se olvidó, como casi siempre, de presionar el interruptor, por lo que el agua sigue tan fría como cuando la puso. Ahora sí pone a calentar el agua hasta que hierve, como le gusta a ella. No es que se le hierve, lo hace a propósito, le gusta lavado. Y bien caliente, para horror de los que se queman la lengua, a pesar de su aviso. Y amargo.

Desayuna dos galletas de arroz con queso blanco, sabiendo que en un rato va a querer comerse un paquete entero de chocolinas. Decide engañar al estómago con una manzana, sabiendo de antemano que está condenada a sucumbir, su estómago es muy inteligente como para aceptar el engaño. Así que come la manzana y a los cinco minutos el paquete de chocolinas.

Prende la vela para los arcángeles, que la visitan esta semana. Se los pasó una amiga. Les hizo un altar, donde puso un sobre con tres deseos y el nombre de las tres personas que los van a recibir la semana que viene. También les tuvo que poner una manzana y flores blancas como ofrenda. Parece que la manzana después se puede comer. Las flores no. El marido no lo puede creer, como tantas veces. Su superstiocidad lo supera. Hoy toca la oración al arcángel Gabriel. Raquel espera, de todo corazón, que se cumplan sus deseos. Le gusta la idea de tener ángeles en su casa, para horror de su familia judía.

Agarra su diario personal, un cuaderno chico con espirales de cualquier marca, que cualquiera puede leer, pero confía en que nadie lo hace. Este en particular tiene una foto muy linda del Lago Titicaca en Bolivia y un fondo rojo en la tapa. Escribe cómo se siente, si soñó algo y se lo acuerda, lo escribe también. Escribe lo que tiene que hacer en el día. Prende la computadora para ver lo que ya vio antes en el celular y se pone a trabajar.

 

martes, 10 de noviembre de 2020

Mate amargo

 Mate amargo

Que no puedo compartir

Unicornio rosa

Que no se me perdió

Todo va a salir bien

Todo va a salir bien

Todo va a salir bien

Repito como un mantra

Mañana será otro día

Que salga el sol

Que salga

El sol

Familia tipo

 Pasión desenfrenada

Besos salvajes

Dos cepillos de dientes

Dudas

Miedo

Decisión

Libreta roja

Miedo otra vez

Decisión

Pasión desenfrenada

Besos salvajes

Tres cepillos de dientes

Vacaciones en el mar

Vacaciones en la montaña

Sin miedo y con decisión

Pasión desenfrenada

Besos salvajes

No todo es tan sencillo esta vez

Pasión agotada

Besos para acompañarse 

Dudas sobre el futuro

Al fin,

Cuatro cepillos de dientes

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Ruidos

 Espero poder dormir esta noche. No sé qué le pasa a mi vecino, todas las noches, tipo una de la mañana empieza a hacer unos ruidos extraños. No quiero ser mal pensada y creer que está garchando, pero los ruidos que hace no me dejan pensar en otra cosa. Eso, o la está matando, por los gritos de ella. No sé si quejarme o no. No quiero dar la idea de vieja vinagre, que no deja que los demás garchen libremente por la vida, pero ¡todas las noches! ¿Qué le pasa a la juventud? En mis épocas éramos más cuidadosos por lo menos. Mirá si me iban a escuchar a mí gritar así alguna vez. Bueno, quizás nunca estuve con nadie como el vecino, tengo que reconocer.

Tampoco soy de meterme en la vida de los demás, ¿eh? No se vayan a creer. Que cada uno haga de su culo un pito, como decía mi abuela. Pero ¡qué energía! ¡Todas las noches!
Parece que ahí empieza. Tranquilo, de a poco, como siempre. Ya sé lo que sigue. Gritos y gemidos. Me tapo la cabeza con la almohada, pero no puedo evitar espiar con el oído. ¿Que cómo se espía con el oído? ¡Qué sé yo! No, no es que pongo un vaso en la pared para escuchar, ¡lo único que falta! No, yo no hago eso. Pero de taparme la cabeza completamente y hacer fuerza para no escuchar, empiezo a aflojar la almohada de a poquito. Espío por el oído, como ya dije. Es más fuerte que yo. Me hipnotiza el hijo de puta. ¿Qué le estará haciendo para que ella se ponga así? No puedo ni imaginarlo. En realidad, sí puedo. Ese es el problema. Tengo demasiada imaginación. Y ellos ayudan, también. Si vieran los ruidos que hacen. Se me hace agua la boca. En realidad, un poco más abajo se me hace agua, pero no quiero entrar en detalles tampoco. No vienen al caso.
Pará, algo pasó. Gritan, pero no son los mismos gritos de siempre. ¿Se están peleando? Sí, se están peleando. Qué lástima. Una pareja tan linda. ¿Serán pareja? ¿Será siempre la misma? Casados con otros no están, si no, no podrían verse todas las noches. Bah, digo yo. Nunca se sabe. Cada pareja es un mundo, como decía mi abuela. Y nunca falta un roto para un descosido, también decía. No sé si viene al caso en este caso, pero como venía diciendo las cosas que decía mi abuela…
Eso que escuché parece un portazo. ¿Se fue? Y bueno, se habrá cansado de tanto darle y darle la pobre chica. Una no es un objeto sexual tampoco. ¿Pobre chica? Estoy loca, ¡qué pobre chica! ¡Agradecida tendría que estar de que la hagan sentir así! Tengo ganas de seguirla y decirle que lo piense bien, que no deje a ese muchacho que tantas satisfacciones le da. Pero es tarde y ya estoy en la cama. Además, yo no soy ninguna metida, no se vayan a creer. Escucho porque no me queda otra, ellos gritan que parecen animales salvajes. Ni me voy a meter. Cada uno sabe qué hace con su vida. Y si no sabe, que aprenda, como decía mi abuela.
Finalmente me animé y fui a hablar con él. De buena forma, por supuesto, soy una dama. Le pedí por favor que no hiciera tanto ruido de noche, que los vecinos queríamos dormir. Sí, le dije los vecinos. Tampoco le iba a andar aclarando que ni idea de lo que hacen mis vecinos. Yo no soy ninguna chusma. Pero para el caso me pareció mejor que piense que éramos varios los que estábamos molestos con los ruidos que él y esa chica hacían. Pobrecito, casi se muere de la vergüenza. Y eso que no hice ninguna referencia directa. Pero se ve qué sabía perfectamente de qué le estaba hablando. Parece que la chica lo dejó. Casi se me pone a llorar. Se deshacía en disculpas. Jovencito el muchacho. Muy amable. Sí, me estoy vistiendo para ir a cenar con él. Me invitó para compensarme por las molestias ocasionadas. No me miren de esa forma. Yo siempre me pinto y me arreglo así para visitar a los vecinos. Soy una dama.

martes, 27 de octubre de 2020

El cisne

 

Enseguida regaló todas sus cosas, vació la habitación casi al día siguiente y se hizo su estudio ahí.

El insomnio la visitaba todas las noches, así que prendía la computadora y leía cuentos.

Había una vez una chica que tenía una caperuza roja, por eso todos la llamaban caperucita.

La madre fue a despertarla, para que le llevara una canasta de comida a la abuelita. Pensaba en los consejos que le iba a dar para que se cuidara en el bosque.

Mejor hago la Claringrilla, pensó.

Los días transcurrían todos iguales. La rutina la mantenía entretenida.

El problema eran las noches.

Había una vez dos niños que se llamaban Hansel y Gretel. Los padres querían deshacerse de ellos, pero Hansel era muy astuto y fue tirando migas de pan por el camino para después poder regresar. No tuvo en cuenta a los pájaros, que se comieron las migas de pan. Los niños se perdieron en el bosque.

Voy a probar con leche y miel, dicen que relaja.

El día la encuentra dormida sobre el escritorio. Quince llamadas perdidas de su madre.

Mensaje: “no podés seguir así, nena, te paso el teléfono de la psicóloga que la ayudó a la Marta cuando pasó por lo mismo que vos, llamala. Y a mí también llamame, nena, que estoy preocupada”.

Pobre mamá, también era su nieto.

Había una vez un patito que era distinto a los demás, por eso sus hermanos no querían jugar con él.

Pensó en ese cuento, quizás no se lo había leído lo suficiente. Si Hernán, su nene, su bebé,  hubiera sabido el cisne en el que se iba a convertir…

Mejor pruebo con otro cuento.

La noche siguiente, antes de empezar a escribir, decidió mirar su casilla de mails. Había un mail de Roberto, desde hacía varios días.

Roberto era un papá del grado. Le escribía para ofrecerle sus condolencias y con la propuesta de armar una asociación antibullying para defender a chicos como Hernán. No pudo terminar de leer. No hizo la Claringrilla. No tomó leche con miel. .

Asociación El Cisne, pensó; no estaba mal.

Durmió profundo toda la noche.

 

sábado, 24 de octubre de 2020

Mi amiga estaba equivocada

 

A mis 14 años me vi atacada por un desborde hormonal que no sabía cómo manejar. Vivía entre el miedo y el asombro, todo lo masculino se me hacía amenazante y a la vez me atraía como la miel a las moscas. Bueno, no sé si esa es la metáfora más adecuada, pero se entiende, supongo. Los hombres me daban miedo, pero también me atraían de una forma que mi cuerpo recién desarrollado no lograba comprender. De repente, todos me parecían hermosos. Mi mente todavía niña transformaba lo que hoy denominaría una calentura feroz en una historia de amor, con casamiento e hijos incluidos. No importaba que la persona en cuestión estuviera casada, fuera un profesor o un amigo de mi papá. Todos entraban en la categoría “garchables”, pero esas palabras ni pasaban por mi cabeza en ese momento. Sí por mi cuerpo, claro está. No lograba entender ni manejar lo que me pasaba. Tampoco sabía a quién recurrir. En la escuela, donde los prejuicios estaban a la orden del día, no podía contar con mis amigas, tan reprimidas como yo. Con mis padres, menos todavía.

En medio de ese vértigo de sensaciones, nos fuimos de vacaciones al mar. Ahí lo conocí, era un año más chico que yo, y bien feo. Pero feo de verdad. No podía creer mi suerte. Quería tener un amigo del que no me fuera a enamorar, y él era perfecto.

Empezamos a salir de noche. Volvíamos tarde. Al día siguiente, nuestros padres nos despertaban para ir a la playa. Llegábamos y nos tirábamos en la arena de la carpa a seguir durmiendo, por supuesto. Si no dábamos más. Fueron los primeros encontronazos con mis padres, pequeños desacuerdos que irían creciendo a medida que crecíamos todos.

Mi cuerpo me daba mucha vergüenza. Usaba un buzo y un pantalón arriba de la malla, que me sacaba solo para ir al agua. Iba cubierta con una toalla, que me sacaba solo para meterme al mar, y me volvía a poner en cuanto salía.¨

Encima, había ido a una peluquería a cortarme el pelo, me habían hecho un desastre: un entresacado horrendo. Tengo pelo ondulado, el entresacado me lo infla mal. Mi mamá, una dulce, me decía “Medusa”.

Todo esto a él no parecía importarle. Se sentaba siempre al lado mío. Caminábamos juntos. De a poco empecé a maldecir mi suerte. Me estaba empezando a gustar. Cada vez más. Las miradas eran cada vez más intensas. No lo podía creer. ¡Estaba poseída, no se salvaba uno! Después de varios amagues que no llegaron a término lo que sí llegó a término fueron las vacaciones.

Pasó a ser el amor de mi vida inmediatamente. La persona con la que yo iba a debutar (porque ya a esa altura las fantasías sexuales estaban a la orden del día), casarme, tener hijos y envejecer juntos. Que no lo viera más era un detalle. Él era para mí. Lo único estable que logré tener en esa época en la que mi vida se desmoronó completamente. Las relaciones con mis padres se pusieron cada vez más densas. Mi mente adolescente era un infierno en plena ebullición.

Empecé a tener mis primeros novios, que duraban lo que duran los novios a esa edad. Ante cada ruptura, él volvía a mis fantasías. Pasaban los años y yo seguía pensando qué pasaría si lo volviera a ver. Mis amigas ya estaban hartas de ese amor que era el leit motiv de mi vida. Una vez una me dijo: “¡vas a estar casada y con hijos y vas a seguir enamorada de él!”. Nos tentamos. De la risa pasé al llanto. Sentía que mi vida era una mierda y mi situación, patética. Enamorada de alguien que nunca fue, que ni siquiera sabía si alguna vez había estado enamorado de mí, que ni siquiera estaba al tanto de lo que yo sentía.

Finalmente, tuve dos encuentros casuales con él: el primero, fui a patinar a Palermo con una amiga. Cuando nos volvíamos, me lo crucé. Yo, toda chivada, despeinada, con los patines en la mano. Él llevaba un bebé en un cochecito. Me dijo que era médico. Me reí como una boluda. Me miró con lástima y cada uno siguió su camino. Cuando llegué a mi casa, estallé en una carcajada al recordar el encuentro. Me bañé y salí a cenar con el que hoy es mi marido.

La segunda vez fue en la fila del banco. Yo estaba con mi marido. Los presenté. Le pregunté algo tan pelotudo como “¿seguís siendo médico?”. Esta vez tuve dos miradas masculinas sintiendo pena por mí. Cuando nos fuimos, mi marido me preguntó: “¿fue novio tuyo?”. Le contesté: “yo quise, pero nunca ocurrió”. Nos besamos. Supe que mi amiga estaba equivocada.