una
pandemia
otra guerra
mundial
otro amigo
con covid
una
normalidad que nunca va a volver
miedo
desasosiego
cansancio
hastío
una
pandemia
otra guerra
mundial
otro amigo
con covid
una
normalidad que nunca va a volver
miedo
desasosiego
cansancio
hastío
Lo enroscó
como una serpiente a su presa, sus piernas alrededor de la cintura de él. Años
de acoso por fin habían dado sus frutos.
Él se
lamentaba para sí el hecho de que finalmente ella lo hubiera encontrado con la
guardia baja y la testosterona alta. Sabía que lo que estaba pasando era un
error que le iba a costar solucionar.
Ella
jadeaba feliz.
El hizo un
gran esfuerzo de imaginación y logró penetrarla.
Los gritos
de ella lo molestaban. Le molestaba no sentir lo mismo, no estar a la altura de
su excitación. No lograba acabar, que era lo único que quería en ese momento.
Ella estaba
fascinada por lo bueno y aguantador que era él.
Como en una
novela berreta acabaron juntos.
Ella se
durmió soñando un futuro con él que no iba a ocurrir. Se sentía liviana, joven
y atractiva todavía.
Él
aprovechó el sueño de ella para vestirse y huir lo antes posible. No la había
pasado mal, tampoco bien. Quería olvidarlo todo.
La vio acercarse, desnuda y
tambaleante.
—¿Y tu pañal, Estrella? — le
preguntó.
—Caca, pañal— respondió
Estrella, señalando hacia el baño.
Fueron y ahí estaba la pelela
rosa con el sorete prolijo y brillante adentro. Al lado de la pelela, en el
piso, estaba el pañal que Estrella, su madre no entendía cómo, había logrado
sacarse sola. La carita regordeta de la beba sonreía orgullosa de su hazaña.
Dejó los pañales sin esfuerzo antes de cumplir los dos años.
A los diez años, le dijo:
—¿Viste lo que me habías contado
de cómo nacen los bebés y la sangre todos los meses?
Vio, y le enseñó cómo tenía que
hacer. Agradeció haber hablado con su hija sin tapujos, no como le había pasado
a ella, que pensó que se iba a morir la primera vez que se indispuso. Todo
ocurrió sin sobresaltos para Estrella. Lo único es que le dio un poco de
ternura que le pasara siendo tan chica. Igual, Nosotras, Siempre Libres, pensó.
A los dieciséis años, Estrella
tuvo su primer hijo. Cada dos años tuvo
un hijo. Fue abuela a los 40 y madre hasta los 60, cuando finalmente dejó de
menstruar. A los 80 enviudó.
Murió a los 100 en Plenitud,
rodeada del amor de sus 22 hijos, 48 nietos, 80 biznietos y 150 tataranietos y choznos.
Redondo, redondo, barril sin
fondo, pensaba y se reía. Redonda la pileta, la de los chicos. Con un buen
diámetro pero no muy profunda. Las cinco grandulonas habían tomado posesión.
Chapoteaban en el agua que seguramente alguna de ellas también había
contribuido a entibiar.
El juego era así: una cerraba los
ojos y tenía que atrapar a alguna otra. Las demás la tocaban, chapoteaban
alrededor, la llamaban y se cambiaban de lugar para confundirla o simplemente
hacían silencio. La cazadora se movía por el agua y cuando atrapaba a alguna
presa, esta se convertía en la siguiente cazadora.
La atraparon, cerró los ojos y
empezó a dar vueltas por la pileta, escuchaba de fondo los ruidos de alrededor
mezclados con los chapoteos en el agua. El silencio a veces. Se tiraba para
adelante y sentía como el agua le golpeaba el pecho. Cada tanto tocaba a alguna
pero no llegaba a atraparla. No sabe cuánto tiempo estuvo así. Los sonidos se
le confundían, no sabía en qué parte de la pileta estaba. Quería abrir los
ojos, pero tenía miedo de que la llamaran tramposa. Eso nunca. Sintió que le
tocaban el hombro.
—Nena, nena.
Siguió chapoteando, buscando a
sus amigas. Los ojos cerrados.
—Nena.
Abrió los ojos. Vio unos ojos
marrones que la miraban profundo. No
entendía.
—Se fueron todas —le
dijo, haciendo un movimiento con el brazo que abarcaba todo el espacio —,
mirá, se fueron.
Las mejillas le ardieron. Miró
para todos lados, no le importaba dónde estaban las demás, ya no le interesaba
encontrarlas. Lo único que quería era que nadie más se hubiera dado cuenta de
que la habían dejado sola.
lunares
lunares
más lunares
donde miro hay uno
todos diferentes
distinta forma
tamaño
textura
color
hay que controlarlos
todos los años
pasar por la luz
esa luz brillante
potente
que te ve hasta lo
más profundo
lo que sin esa luz no
se puede ver
¿no tiene un tamaño distinto
ese lunar de la
pierna?
está perfecto dice el doc
¿y ese?
perfecto
¿y ese?
también
veo lástima en sus
ojos
alivio de no ser yo
y me pregunto
si lo que me pasa
me pasa porque tengo
más lunares que piel
o porque soy
paranoica
obsesiva
hipocondríaca
exagerada
el tiempo se detiene
el sonido del
silencio envuelve el aire
un nene habla en algún
lugar vecino
vocecita pequeña
saltarina
el ruido de las aspas
del ventilador
que apunta directo
hacia mí
lo tengo al lado
más cerca no puedo
el pelo se mueve con
el viento artificial
fuera de esa cápsula
refrescante
sopor de verano
a través de los párpados
cerrados
veo verde, amarillo,
rojo
como un semáforo que
no se decide
rojo
presto atención a la
respiración
verde
voy para adentro
necesito esta quietud
callar mi mente
mirar lo que hay en
mí
me observo
por dentro soy azul
como el mar en calma
con qué facilidad se
agitan las aguas
presto atención a la
respiración
hoy intentaré
una hermosa y
flameante
bandera celeste