martes, 20 de octubre de 2020

Lucía

“A todo individuo le sigue una sombra (…) Si las tendencias reprimidas de la sombra no fueran más que malas, no habría problema alguno. Pero, de ordinario, la sombra es tan sólo mezquina, inadecuada y molesta, y no absolutamente mala”.

Carl Gustav Jung. Psicología y religión

Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo, y porque Lucía, lo sé, a pesar de haberse obligado a transitar todo un proceso de deconstrucción, nunca podrá olvidarse de lo que pasó.

Olga había trabajado en lo de los padres de Lucía desde que ella nació. Era como su segunda madre, que tuvo el tupé de casarse e irse a vivira Tucumán. Era tucumana.

Lucía no recuerda el nombre de la persona que sus padres contrataron en reemplazo, también con cama adentro. Sí recuerda que era negra y que tenía unas caderas tan enormes como sus tetas. Hablaba suavecito, como cantando. Era de Santo Domingo.

A Lucía se le mezclan los recuerdos, no termina de acomodar cómo fueron los acontecimientos.

Había obreros en la casa, seguramente contratados por sus padres. Su madre la llama y le dice a uno de ellos:

-          Repetile lo que me acabás de decir a mí.

-          Le dije a su mamá que usted es muy linda, pero que está un poco gordita.

Lucía no sabe qué contestar ni qué sentir.

En la cocina, la empleada le está cocinando papas fritas, que sabe que le encantan.

-          A Olga le salían mejor- dice Lucía, pero se las come igual.

Lucía la odia, no sabe por qué. Le da ternura también. Cuando la escucha en su pieza contestarle al televisor. Le da tristeza la historia de la pobre dominicana, que quería ir a Estados Unidos y terminó en Argentina, estafada, y en la casa de una nena caprichosa que no se la hace más fácil. Sus hijos quedaron en Santo Domingo y ella no puede volver porque no tiene plata.

Están en la cocina, el obrero se acerca a Lucía, le pellizca el rollito que se le hace en la espalda y le dice en el oído “gordita”. Lucía no entiende qué pasa, pero tiene miedo.

Todos los días arregla para ir a lo de alguna amiga. No quiere que el obrero se le vuelva a acercar. O invita amigas a su casa para burlarse de la dominicana.

Ven una mancha en la alfombra y Lucía le reprocha a la empleada que está sucia.

-          No es un sucio, es un quemado- responde la empleada.

Ellas se ríen y la imitan: “no es un sucio, es un quemado”.

Lucía ve al obrero que sonríe. Su mamá habrá salido, como siempre. Algo se le pasa por la cabeza, pero el pensamiento se va.

La dominicana pela choclos. Les tiene terror a los gusanos. Lucía le acaricia el cuello por atrás, simulando ser un gusano. La dominicana inmensa se cae al piso. Se va a llorar a su pieza.

Lucía está fuera de sí, frenéticamente feliz con el sufrimiento de la otra. La idea se le termina de formar. Sabe que es dar un paso sin retorno, que la vida no va a ser igual después, pero no puede volver atrás. Con un gesto invita al obrero a la pieza de la dominicana.

-          ¡Lucía! ¿Qué pasa? - fue lo último que le escuché decir antes de cerrar la puerta.

 Me acuerdo de todo, sus gritos de dolor, la cara con la que me miró después. No me puedo acordar su nombre. 

lunes, 19 de octubre de 2020

Hoy soy hija

 

Hice un video de meditación guiada. Cortito. Siete minutos. Después hice otro. Después otro más. Quise hacer uno de treinta y cinco minutos pero me cansé. Tampoco la pavada. Lo apagué. No sé cuánto tiempo estuve acostada, meditando. Sin que nadie me llamara, ni me necesitara, ni nada.

A la noche me acosté a leer. Nadie me habló. Cuando quise hablé por teléfono. Cuando quise apagué la luz.

Hoy trabajé mucho. Un Zoom por aquí, un Meet por allá. Y un Hangout, más largo, que baja y se pierde.

A la tarde dormí siesta y seguí trabajando. Hablé con mi familia por teléfono. Están bárbaro. Y yo también.

En unos días seguramente los empezaré a extrañar. Hoy disfruto la tranquilidad de estar acá. Hoy disfruto a mi madre, a quien no veía desde el año pasado. Este año la operaron, y no la pude ver. Este año el hermano, mi tío, tuvo Covid y ella tuvo que hacer aislamiento. Por suerte los dos están bien. Tan bien que nos empezó a contar, a mi hermano y a mí, que otros hijos sí visitan a sus padres que viven lejos. Mi hermano, siempre más astuto que yo, cortó por lo sano y le dijo: “preguntales cómo hacen”. Mi madre no perdió tiempo. Al rato teníamos un audio de cinco minutos de la hija de una amiga, en el que nos explicaba, como si fuéramos mi madre, cómo sacar el permiso.

En unos días volveré con mi familia. Volveré a hacer todo interrumpido por tareas de la escuela, peleas de hermanos y charlas con marido.

Hoy soy hija.

martes, 13 de octubre de 2020

Estúpido

Miró el celular, cinco mensajes seguidos:

“Qué fue lo que ocurrió?”

“Qué hizo cambiar la dirección del timón?”

“Fui yo?”

“Por qué no existen los grises?”

“Por qué tengo angustia?”

Se quedó dura. No pudo seguir trabajando. Se había jurado que si le llegaba a escribir no le iba a contestar.

“Hola, sos vos el que no escribe más”.

Estúpida, pensó. Ya no daba borrar el mensaje. Otra vez esclava de las dos rayitas azules. Otra vez obsesionada con el celular, sin poder trabajar, ni estudiar, ni vivir, ni nada. Estúpida.

Mensaje de whatsapp. Se le paró el corazón. Era del grupo de la
primaria. Alguien mandaba un meme que decía algo así como que los amigos de la primaria eran los primeros amigos de verdad. Empezaron a llegar los jajaja, jijij, buenísimo, sí, tal cual. Los primeros amigos de verdad, y los últimos, pensó ella con ganas de mandar a todo el grupo a la mierda.

Lavó los platos. Miró el celular. Nada. Se concentró en el informe urgente que le habían pedido de la oficina. El caso que siempre había querido y que finalmente le habían dado. Casi se lo quitan por no avanzar con eso, por estar distraída todo el tiempo con el celular. Estúpida. Se fijó si había algún mensaje. Nada. Justo cuando lograba seguir adelante con la investigación, sintió otro beep. Trató de concentrarse en el informe, no iba a caer otra vez, debían ser los boludos de la primaria, que se ve que no tienen otra cosa que hacer que contestar boludeces a un meme boludo. No. No iba a mirar el celular, de ninguna manera.

“Mentira”.

No le contestes. No le contestes. Como hace él siempre. Seguí con
el informe.

“Verdad. Solo me respondés si te escribo”.

Listo. Ahora sí se ganó el diploma de peluda. Adiós informe. Otra vez enganchada en el chat con él.

“Siempre fue así”.

“Vos cambiaste”.

Ah, bueno. Lo que faltaba.

“Bueno, podés escribir vos también, no?”

Listo. Ni lo vio. Lo de siempre.

Se pone a trabajar enojada. El informe sobre el aumento de casos de Covid-19 en la empresa. El nombre de Elsa Berenger, entre ellos. La llama por teléfono. Hace años que no se ven. Se ponen al día. Elsa está bien por suerte. Le agarró leve. Cuelgan con la promesa de verse en cuanto Elsa se recupere. La misma promesa que se repiten hace años. Espera que esta vez sí se cumpla.

“Antes siempre querías verme. Ya no”.

Es un chiste. No lo puede creer. Decide jugarse el todo por el todo.

“Sigo queriendo verte”.

Listo. Ya lo dijo.

Él responde al instante.

“Cuándo?”

Ella termina el informe. Le quedó redondito. Se lo manda a su jefa. Toma un café con el licor que más le gusta. Lo saborea. Se acuesta a leer la novela que tiene abandonada hace varios días. Después de un rato, apaga el celular y se duerme.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Los novios

 

Mirá, Cata, yo no te voy a decir que lo que hice estuvo bien, no, para nada. Pero ellos estuvieron mucho peor. Se merecen la cárcel más que yo. Si, ya sé que ellos también están en la cárcel. Y está muy bien. Pero a mis 52 años, estar acá, como si fuera una delincuente. Yo, que siempre fui una señora. Siempre pensé que estos malos entendidos les pasaban a otros, ¿viste? Pero esta vez me tocó a mí. Qué se le va a hacer.

Dicen que los documentos que firmamos son una locura, pero yo creí que eran serios, Cata, actué de buena fe. Nunca pensé ser estafada de esta forma. Delito de proposición para cometer un asesinato. Hasta parece un mal chiste. Si no fuera porque estoy acá.

Soy la víctima, Cata. Nunca pensé que Jorge, mi Jorge, se fuera a ir con el dinero que Esperancita y yo le habíamos dado, Cata. 60000 euros le dimos. Era una inversión segura, me juró Jorge. Claro, segura para él, que se las tomó con nuestro dinero. Por eso cuando Juan Carlos, el novio de Esperancita, nos dijo que era miembro de la inteligencia española, nos caímos de culo, imagínate. Nos pidió que no lo contáramos a nadie, que era un secreto de estado. También nos dijo que conocía a un sicario profesional, que podía encargarse de Jorge, matarlo y que podíamos vender sus órganos en el mercado negro. Ni lo dudé, imagínate. Recuperábamos nuestro dinero con solo darle a Juan Carlos 7000 euros. Era un negoción. Nos vengábamos del cabrón estafador y recuperábamos lo que Jorge nos había robado. Nos pareció justo.

El contrato parecía serio, Cata. Hasta decía que Juan Carlos era teniente coronel experto en disciplinas como tiro de combate, artes milenarias e interrogatorios. Decía que hablaba 22 idiomas. Ahí tendría que haber desconfiado, porque cuando se iba decía “me voy de mi madre” o “pienso de que”. Entre otras cosas. Ahí me tendría que haber dado cuenta, pero pensé que podía ser que hablara 22 idiomas tan mal como el castellano. Podría ser, ¿no, Cata? Digo, no tenía por qué desconfiar. Con la cara de perdedor de Juan Carlos, ¿quién lo hubiera dicho? También leí que tenía “1.897 objetivos abatidos, 524 capturados, 352 misiones efectuadas y 46 medallas obtenidas”. Ya me estaba entusiasmando con que se casara con Esperancita, con eso te digo todo.

El documento detallaba el procedimiento a la perfección.  El sicario iba a entrar a la casa de Jorge por la noche y le iba a dar una inyección letal, pero muy dolorosa. Porque nuestra idea era que sufriera, por lo que nos había hecho, pero que no se le arruinara ningún órgano, así los podíamos cotizar bien. Lástima que fumaba y tomaba mucho a veces. Juan Carlos nos dijo que hay gente quisquillosa que te pelea el precio por esos detalles, pero que igual nos convenía. La ganancia iba a ser buena de todas formas.

La cosa es que pasaban los días y Juan Carlos tampoco daba señales de vida. Al principio lo llamábamos y le mandábamos mensajes todo el tiempo. Después nos dimos cuenta de que nos había bloqueado en el whatsapp. Imaginate la bronca que me dio. Me fui directo a denunciarlo a la policía. Sí, Cata, tenés razón, pero me cegué en ese momento, lo único que quería era que fuera a la cárcel como se merecía, por estafarnos. Lo que menos iba a pensar era que también nos iban a meter presas a Esperancita y a mí. Delito de proposición para cometer un asesinato, ni sabía que existía eso. Dice el abogado que el hecho de haber mostrado el contrato fue una estupidez de mi parte, pero que podría hacer que me den menos años de cárcel.

Yo no quiero estar ni un día más acá. No me lo merezco. La vida es muy injusta, Cata, muy injusta.


Destino cruel

Una mano chocó con el termo

Dos manos intentaron

Detener la caída

Sin éxito

El agua caliente

Se volcó sobre el teclado

A borbotones

Imparable

Ardiente

La computadora

No resistió la embestida

Murió

Lágrimas cayeron 

Sobre el río

Entre las teclas

 


viernes, 25 de septiembre de 2020

El tatuaje

 


“No haréis incisiones en vuestra carne por los muertos; ni os haréis tatuaje”. (Levítico 19:28).

 

Desde chica me llamaron la atención los tatuajes. Me quedaba mirándolos fascinada, con una mezcla de admiración y rechazo. La idea de algo tan definitivo no me terminaba de convencer.

 

Mi mamá no solo estaba en contra. Rechazaba de plano la idea. Le preocupaba el hecho de que a su hija no le permitieran ser enterrada en un cementerio judío por el hecho de tener uno. Nunca supe si eso era realmente así, tampoco me preocupaba mucho el tema. En ese momento vivía con mis padres, así que el tatuaje quedaba fuera de toda cuestión.

 

Años después me fui a vivir sola. Una amiga se tatuó el nombre de su marido. Yo no lo podía creer. Si bien tatuarse el nombre del ser amado me parecía un acto demasiado optimista, me fascinaban esas letras en negro que mi amiga tenía ahora en el hombro. El marido, en un amoroso gesto que podría haberse tomado como presagio de la relación, le dijo que estaba loca. Tengo que confesar que nosotras, sus amigas, pensábamos lo mismo. Cuando se separaron, y ante la imposibilidad de sacarse el nombre de encima, cosa que había logrado con el ahora exmarido, se hizo dibujar un tigre que tapara las letras.

 

Con el tiempo, amigas que ni me imaginaba me sorprendían mostrándome cómo habían tomado la decisión que yo postergaba. Una se había hecho un sol en el hombro, otra una tobillera de flores, y otra hasta se había hecho un anillo en un dedo. Los miraba extasiada y a todas les preguntaba lo mismo: ¿duele? Por supuesto, la respuesta dependía de cada persona. Y no lo iba a saber hasta que lo experimentara yo misma.

 

También estaban mis prejuicios, sentía que ya era grande para semejante locura.

 

Mucho antes de la cuarentena tomé la decisión de no teñirme más y dejar mis rulos al viento. Pero cuando iba a la peluquería, ese tiempo de prelibertad, como lo llamo yo, Gabriel, uno de los peluqueros, exhibía tatuajes hasta en los dedos de los pies. Rubén, su pareja, me decía que de grande era mejor, porque uno ya sabía bien qué se quería hacer en la piel, que tenía ideas más claras. Ahí me di cuenta de que nunca había pensado qué ni dónde quería tatuarme. Se ve que tenía que esperar a ser más grande todavía. Si seguía así, iba a terminar tatuándome los nombres de mis nietos. Volví a mi casa sin haber tomado la decisión y oliendo a formol.

 

Otro tema era el precio. Además de mis miedos de que doliera mucho y que no me quedara bien algo que después no se podía sacar, son carísimos. 

 

Un día, una amiga, que ya tenía uno, me mostró otro que le había hecho el hijo. Resulta que el adolescente estaba aprendiendo a tatuar y necesitaba víctimas. El tatuaje que le había hecho a mi amiga era de una prolijidad y buen gusto deliciosos. Solo me cobraba los materiales. Era mi oportunidad.

 

No lo pensé más, y mi familia, que tuvo que aceptar a regañadientes no solo el tatuaje sino que además me lo hiciera un pibe inexperto.

 

Una vez que tomé la decisión, no fue tan fácil la cosa. El adolescente se despertaba después del mediodía y fue complicado coordinar los horarios. Finalmente, lo logramos. Mi amiga me preguntó si no tenía problema en que ella no estuviera. Le dije que no. Y allá fui, a hacerme algo desconocido con una persona con la que no tenía mucho tema de conversación tampoco. Los silencios pesaban como mochila de viaje después de muchas horas. Cada tanto salía un tema trivial, de compromiso, que se terminaba apenas había empezado. Silencio nuevamente. El pibe estaba concentradísimo, trabajaba muy bien, muy prolijo. No lo quería desconcentrar, pero a la vez no sabía qué hacer ni para dónde mirar. Al principio la aguja me hacía cosquillas. Pensé ¿esto era? Con el tiempo, la piel se iba resintiendo y no veía la hora de que terminara de una vez. Me agarró el brazo y revisó a ver si faltaba retocar algo. Yo le dije que así estaba bien. Pero él quería terminar su trabajo de forma profesional. Así que me entregué nuevamente a la tortura leve pero constante. Quedó precioso. Salí aliviada y feliz.

 

Ahora tengo en el cuerpo la flor de loto, que puede crecer y desarrollar su belleza en el medio del lodo.

 

Al tatuaje le falta un retoque. El pibe abandonó su recién estrenado oficio al poco tiempo. Hay alguien que quiere practicar tatuajes, la hija de otra amiga, que me lo va a retocar. También le tengo plena confianza.

 

El otro día tuvimos un Zoom familiar. No sé por qué, salió el tema del judaísmo y los tatuajes. Mi mamá me miró fijo a través de la pantalla. Yo le sostuve la mirada. Me iba a desmutear para responderle y me vi el brazo. No pude evitar la sonrisa que se me apareció en la cara. No le contesté nada.    


viernes, 18 de septiembre de 2020

A tientas

Camino a oscuras por el laberinto.

Tanteo las paredes, el camino.

No hay salida. 

 

Sigo andando, no queda otra que seguir.

Me choco con una pared de piedra,

me desespera no ver el camino.

Golpeo la pared y me duelen los puños.

 

Me asfixia

tanto firulete podrido.

tanta anarquía organizada.

 

Quiero escapar

pero llueven balas

Extraño mi sensatez olvidada..

 

Hoy golpeo paredes.

Hasta que me sangran los nudillos.

Los golpes retumban en mis oídos.

El dolor es insoportable.

 

Imagino dioses que se ríen de mí.

Me quiero acostar, pero el piso no me deja, me empuja para arriba.

En este laberinto no está permitido morir. Ni descansar.

Solo seguir avanzando.

 

La siguiente pared es de musgo, me abrazo a ella.

Es pegajosa y fría. Me resbalo.

Hay vida ahí, me aferro como un borracho a la botella.

Un rayo verde cruza el cielo. Anuncia una tormenta violeta.

Caigo en un pozo haciendo remolinos.