Hace años que Lorena viene a casa. Al
principio venía una vez por semana, que luego se extendió a dos, y después a
tres. Soy inútil para todo quehacer doméstico. Ni hablemos de manualidades.
Lorena es jujeña, joven y bella. Desde el primer día logró lo más importante:
superar mi fobia de tener a alguien en mi casa. Nunca me banqué demasiado que
otra persona estuviera mucho tiempo en mi hogar. Lore logró captar mi esencia a
la perfección. No sé cómo lo hizo. Y no es que no se note su presencia. Al
contrario. Desde el principio logró ser una presencia familiar, vaya a saberse
por qué milagros de la química entre seres humanos. Hablamos mucho, compartimos
alegrías y tristezas. Además de mates, maquillajes y perfumes. Me habla de la
Pacha Mama y respeta mis rituales budistas.
Nunca estuvo sin venir a casa tanto
tiempo como esta cuarentena. Está aburrida, me cuenta. Vive sola y ya no sabe
qué más hacer en su casa. Mi casa es todo lo contrario: un caos. Somos cuatro.
Limpiamos, pero no es lo mismo. Además de que no nos gusta, no sé por qué es
distinto cuando lo hace Lorena. Queda mejor. Obvio que ella no extraña trabajar
en mi casa; ni es que la casa esté limpia, en mi caso. De verdad nos
extrañamos.
Anoche soñé con ella, era mi casa
pero no era mi casa. Yo entraba y la puerta se abría muy fácil. Ahí me daba
cuenta de que Lore había dejado la llave del lado de afuera. Le daba la llave.
Me asustaba pensar que se podía haber metido alguien. Un señor que estaba en
casa (?) nos pregunta: ¿ustedes no se saludan? Nos miramos, sabemos que no
debemos. Lore dice: ¡pero sí! Yo dudo, Lorena no me deja ni pensarlo. Nos
abrazamos. Se siente muy lindo el abrazo. Después, las dos tenemos la sensación
de que nos podemos haber contagiado. La sensación de haber hecho algo muy
imprudente que no pudimos evitar. Muy feo. Me desperté.
Le escribí que había soñado con ella
y le conté el sueño. Intercambiamos audios de whatsapp. Muchos. Terminamos
llorando las dos.

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